Oaxaca de Juárez, color y música por cada rincón

Oaxaca de Juárez

Aún sonaban los ecos de la Revolución cuando Mario llegó a Oaxaca con apenas 20 años. Por aquel entonces, a comienzos de los años 30, no sabía si volvería a su ciudad natal, Ciudad de México, pero su responsabilidad como hijo le llevó a seguir los pasos de su padre, el nuevo encargado de la oficina postal de Tlacolula.

De nada le habían servido sus estudios de medicina, ser el sexto de catorce hermanos le obligó a abandonar su carrera para ayudar a su familia, pero ahora, Oaxaca parecía un nuevo comienzo donde su humilde familia podría salir adelante.

Era un muchacho decidido, la experiencia que le habían dado sus anteriores trabajos le otorgaban seguridad para encontrar algo acorde a sus habilidades, que no eran pocas. Sus manos curtidas en oficios como limpiabotas, cartero, taxista, boxeador e incluso torero, le sirvieron para abrirse camino en busca de un empleo que complementara el sueldo de su padre.

De esta manera consiguió su primer trabajo en Oaxaca. La rehabilitación de la Calzada Porfirio Diaz le dio la oportunidad de conducir un camión con el que transportaba escombro y material de las obras.  


90 años después, y recorriendo esa misma calzada, mirábamos por la ventanilla del taxi hacia nuestro alojamiento, el Andaina Youth Hostel, haciéndonos una idea de lo que nos encontraríamos en Oaxaca durante nuestra estancia. Sus calles, sus mercados y plazas, queríamos llegar cuanto antes al hotel para dejar las mochilas, darnos una merecida ducha y salir a recorrer la ciudad.

No tardamos mucho en realizar un pequeño itinerario sobre un mapa para ganar tiempo, 48 horas pueden dar mucho en un lugar como Oaxaca, aunque teniendo en cuenta que el segundo día lo dedicaríamos a conocer los lugares más lejanos como Hierve el Agua o Mitla, queríamos aprovechar cada minuto en aquella hermosa ciudad y en sus alrededores.

Qué ver en Oaxaca de Juárez

Desde la puerta del hotel, entre el ir y venir de la gente, percibimos un olor que venía desde una calle cercana. Como el mismísimo Carpanta en busca de algo que llevarse a la boca, seguimos el rastro hasta dos de los mercados más famosos de Oaxaca, Benito Juárez y 20 de Noviembre.

En este último encontramos el motivo que nos llevó hasta allí, en pleno pasillo del humo, el aroma del chocolate oaxaqueño recién hecho nos llamaba a gritos. Un auténtico manjar, legado de origen prehispánico que mezcla cacao, canela, almendras y azúcar, preparado con agua o con leche, al gusto del consumidor. Acompañado de un panecillo, el momento se convierte en toda una experiencia.

Oaxaca de Juárez

Ya estábamos con las pilas cargadas, llenos de energía para seguir conociendo la ciudad. Paseando por la calle 20 de Noviembre hacia el norte, giramos a la derecha para encontrar el Zócalo, la Plaza de la Constitución, el lugar de reunión de los oaxaqueños y donde se respira el ambiente más local y colonial. El quiosco de la música, terrazas, puestos de tacos, elotes o tamales se reparten por la plaza junto con los de artesanía, sobre todo al caer el sol.

Y a su lado, majestuosa, la Catedral de Oaxaca nos daba la bienvenida en todo su esplendor, un edificio que ríete tú de la Sagrada Familia, y es que su construcción comenzó en 1535 y no fue hasta 1740 cuando por fin se concluyó. Bueno, siendo justos, la catedral ya actuaba como tal desde hacía un siglo, y entre temblor y temblor, el edificio ha ido necesitando algunos ajustes hasta convertirse en lo que vemos hoy en día.

La curiosidad nos llevó hasta su interior, ya que, si seguía la línea de su fachada, este prometía. Y en efecto, no defraudó. Elementos como la cúpula octogonal, el altar mayor o el coro y su órgano de tubos demostraba que por dentro, también habían realizado un trabajo increíble, por no hablar de sus capillas laterales.

Tras la catedral, siguiendo la Avenida de la Independencia, nos encontramos con el andador turístico (calle peatonal) de Macedonio Alcalá, el cual, nos condujo hasta darnos de bruces con la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, un templo construido a comienzos del S.XVII, y cuyo monasterio, ha sido reconvertido en Museo de las Culturas de Oaxaca.

Desde los primeros grupos de nómadas, pasando por la consolidación de Estado zapoteca, los misterios de las tumbas de Monte Albán, los pueblos indígenas, y hasta la conquista de la región. El museo de las Culturas es, sin duda, uno de los lugares imprescindibles que ver en Oaxaca de Juárez para aquellos curiosos en conocer la historia de la región y sus antepasados

Además, desde la parte Este del monasterio, se obtiene una vista general del jardín etnobotánico, cuya extensión ocupa parte de la antigua huerta del convento y que hoy en día reúne cientos de especies de plantas originarias de la región de Oaxaca.

Oaxaca de Juárez

Nos hubiésemos quedado todo el día recorriendo el Museo, empapándonos de la historia de la región y del país, pero queríamos seguir conociendo el resto de la ciudad con tranquilidad. Seguimos caminando a través del Paseo Juárez el Llano, uno de los principales parques de la ciudad, lleno de zonas verdes, fuentes y bancos donde pararse a descansar a la sombra para protegerse del sol intenso, ese que llevaba un buen rato calentando nuestras cabezas.

Sentados en un banco, nos percatamos de otra iglesia justo enfrente de nosotros, Nuestra Señora de Guadalupe, que junto a la pequeña capilla de Belem y el Santuario forman un conjunto de templos construidos a mediados del S.XVII, reconstruido en varias ocasiones debido a varios terremotos, el último de ellos, en septiembre de 2017. Tanto el ex convento como la ermita merecen un rato de contemplación, sobre todo el interior de esta última decorado con un estilo neogótico.

Iglesia Oaxaca

Tras el pequeño descanso y un enorme puchero de pozole (descubre aquí más platos típicos de México), una sopa típica mexicana a base de col, rábano y varias verduras más con el que repusimos fuerzas, nos lanzamos a conocer nuestra primera zona arqueológica de México, Monte Albán.

Podíamos haber llegado de la manera sencilla, reservando un tour en cualquier agencia, pero siempre que podemos, nos gusta llegar a los sitios al estilo local. Para ello nos dirigimos a las oficinas de Transportaciones Turísticas Mitla, en la calle Mina 501, muy cerca del mercado 20 de Noviembre, y allí, compramos el ticket del autobús que se dirige hacia Monte Alban cada 30 minutos de 8:30h a 15:30, por 5€ por persona ida y vuelta.


Sobre Monte Albán y otros lugares que visitar desde Oaxaca te hablamos en nuestro artículo 10 cosas que hacer en Oaxaca y alrededores.


La gran metrópoli de Monte Albán nos ocupó gran parte de la tarde, y es que el lugar lo merece. La plaza central, el Palacio o el juego de pelota son 3 de sus puntos fuertes, y subir las empinadas escaleras requiere de un descanso en lo más alto de la ciudad, eso sí, con unas vistas increíbles.

De regreso en el autobús de las 17:00h, el último de esta ruta, llegamos de nuevo a Oaxaca, la cual, de nuevo en el andador Macedonio Alcalá, nos guardaba otra bonita sorpresa.

Un gran desfile con txarangas y grupos de baile descendían por la calle peatonal. Al ritmo de la música, las asociaciones de mujeres recorrían las calles del centro de Oaxaca con sus coloridos vestidos tradicionales, una de esas casualidades que convierte una simple visita a un lugar, en una experiencia de lo más especial y auténtica.

Desfile tradicional Oaxaca

Seguimos recorriendo la ciudad hasta toparnos con el barrio de Xochimilco, el más pintoresco de Oaxaca. Casas de colores, tiendas de barrio, creerás por un momento haberte salido de la ciudad y estar en un pueblo perdido de México. Pero a lo lejos, seguíamos escuchando el sonido de las txarangas en el desfile…y no pudimos contener las ganas de regresar.

Y como si del propio flautista de Hamelin se tratara, seguimos el rastro de la música en el momento en el que comenzaban a encenderse las primeras farolas de las calles de Oaxaca. Callejeando por el centro de la ciudad, un edificio nos llamó la atención, y la cola que había en la entrada para acceder al interior despertó aún más nuestra curiosidad.

Teatro Macedonio Alcalá

Se trataba del Teatro Macedonio Alcalá, un edificio de comienzos del S.XX con cierto estilo francés. De hecho, llama la atención por su arquitectura modernista, muy diferente al resto de edificios. En sus inicios, el teatro ejercía también de casino y con un nombre diferente, Luis Mier y Terán, sin embargo, en la década de los 30, el teatro adoptó su actual nombre, en honor al músico mexicano Macedonio Alcalá. Sin duda, un broche de oro para terminar este día tan intenso, pero tan increíble conociendo la ciudad de Oaxaca.


Allí, frente al teatro, Mario recordaba su época en la que hacía sus pinitos como actor en un teatro-carpa, uno de esos teatros ambulantes que recorría todo México. Allí la conoció, Valita, su gran amor, con la que un día, allá por 1934, contraería matrimonio.

El destino llevó a Valita y a su compañía de teatro en la que actuaba hasta el Teatro Macedonio Alcalá, donde presentaban su obra casi a diario y de la que Mario era asiduo espectador. Tanto, que incluso sabía de memoria los diálogos de cada una de las escenas de la obra.

De esta manera, un día de representación, uno de los actores enfermó, y fue el propio Mario quien se ofreció para sustituirle. En el fondo, todos los empleos en los que ejerció, no fueron más que un simple ensayo de algunos de los papeles que interpretó a partir de ese momento.

Después de esa obra vinieron muchas más, y de ahí, un salto al cine que le lanzó al estrellato como uno de los actores mexicanos más importante de todos los tiempos. Mario Moreno, más conocido como Cantinflas, será recordado por su particular humor, y siguió trabajando como barrendero, doctor o botones, y hasta llegó a dar la vuelta al mundo en 80 días, solo que esta vez, lo hacía delante de una cámara. Ahí está el detalle.

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